Fotos de mujeres peleando en la calle

Fotos de mujeres peleando en la calle

Memoria histórica es un concepto ideológico e historiográfico que viene a designar el esfuerzo consciente de los grupos humanos para entroncar con su pasado, sea éste real o imaginario. Nosotros, con esta sencilla ponencia, queremos acercarnos al pasado para conocer a los primitivos, historiográficamente hablando, pobladores de nuestras tierras, los iberos.

Fue como llamaron los antiguos historiadores y geógrafos griegos a las gentes del levante y sur de la península para distinguirlos de los pueblos del interior, cuya cultura y costumbres eran diferentes. Geográficamente Estrabón y Apiano denominaron Iberia a todo el territorio de la península, haciéndola llegar incluso hasta la desembocadura del Ródano. Hay diversas opiniones en cuanto al origen de su nombre. Se dice que fue dado por el río Iberus, que correspondería al Tinto o al Odiel, y también por su homonimia con el río Ebro. Los griegos también llamaron iberos a un pueblo de la actual Georgia, conocido como iberia caucásica.

Origen

Pero, ¿Quiénes eran los iberos? Retrotrayéndonos a tiempos prehistóricos, los primeros vestigios de población que se tienen de nuestras tierras, que llamaremos “preibérica”, datan de la época paleolítica (unos 5000 años a.C., edad de la piedra tallada) y están constituidos por esqueletos y pinturas encontradas en algunas cuevas. Así, en Xátiva en la Cueva Negra se han encontrado algunos deshechos humanos de tipo neandertal que hacen pensar que esas cuevas estaban habitadas en aquellos tiempos. También son características de esa época las pinturas encontradas en Bicorp, Ares del Maestre, Valltorta, Morella, La Serreta de Alcoy y la Cueva del Parpalló en Gandía.

Pero, ¿De dónde y cuando vinieron a la península?

Una hipótesis sugiere que su llegada se data en el periodo Neolítico, (del quinto al tercer milenio a.C. edad de la piedra pulimentada). La mayoría de los estudiosos que adoptan esta teoría se apoyan en evidencias arqueológicas, antropológicas y genéticas estimando que los llamados iberos procedían de regiones mediterráneas situadas más al este.

Otra hipótesis apunta que durante los primeros siglos del primer milenio a.C., diversos grupos humanos procedentes de Europa central penetraron en la península atravesando los pasos naturales de la cordillera pirenaica. Este conjunto de gentes, llegados discontinuamente y portadores de una cultura conocida como del Campos de Urnas, se extendieron por diversas regiones modificando sensiblemente el substrato “preibérico”.

La cultura de los Campos de Urnas que aparece en nuestras tierras es fruto de un poblamiento residual, cuyo valor demográfico resulta insuficiente en relación al territorio donde se instalan, por lo que su desarrollo tan sólo contribuirá de manera irregular y desigual a la evolución de una preexistente cultura local, y ello será así no únicamente a causa de la poco homogénea distribución entre nosotros de dicho poblamiento centroeuropeo, sino también a la sólida estabilidad cultural de un substrato indígena.

Por otra parte, la limitada fortaleza cultural que presenta aquí la civilización de los Campos de Urnas, producto de la escasa permeabilidad de unos asentamientos nativos fuertemente implantados, conducen a que de entre sus más peculiares aportaciones (cerámicas excisas, ciertos motivos ornamentales, edificaciones levantadas con adobes y construcción de cabañas, etc.), solamente perdure, manteniéndose a lo largo de otros periodos, la práctica de la incineración de cadáveres y el consiguiente enterramiento en urnas.

Los elementos arqueológicos propios de la cultura de los Campos de Urnas, tal y como lo encontramos en la Meseta, Valle del Ebro o Cataluña, no aparecen generalizados por todo el territorio valenciano sino que por el contrario, su distribución es irregular y desigual. Este fenómeno no es de extrañar si consideramos tres factores: el posible agotamiento migratorio de unos pueblos que ya habían consolidado su asentamiento en extensas zonas peninsulares; lo poco permeable de las tierras valencianas a acoger nuevos establecimientos a causa de su densidad demográfica; y la pervivencia en el área valenciana de una potente cultura del Bronce.

Los pueblos iberos

Conviene fijar que el fenómeno que dio lugar al nacimiento del iberismo no es un hecho étnico, sino cultural, es decir, los iberos eran los mismos pueblos que hacía siglos ya se hallaban establecidos en los territorios que después serían llamados ibéricos  a partir de las influencias de las culturas fenicias y griegas. No se trata pues de un cambio étnico, sino de una rápida evolución cultural.

En la base étnica de los iberos se hallan principalmente dos componentes, cuyo peso es diverso según los territorios: el trasfondo étnico antiguo derivado de los pueblos del neolítico y de la Edad del Bronce; y las aportaciones de los grupos indoeuropeos. El primer componente es importante en parte de Andalucía, en Murcia y en todo en territorio de Valencia, mientras que las aportaciones étnicas indoeuropeas lo fueron en el área de Cataluña y en el valle del Ebro. Así pues nunca existió nunca un pueblo ibérico étnicamente homogéneo, reiterándose la idea de que el iberismo es un fenómeno cultural y no racial.

En el momento en que la Cultura Ibérica empieza a mostrarse como cultura diferenciada y con características propias, las tierras valencianas estaban ocupadas por grupos distintos. En las montañas noroccidentales, en los límites con las tierras de Castilla y Aragón, estaban los beribraces que, según algunos autores, serían celtas llegados a la península hacia el siglo X a.C. junto con otros puebles de la cultura de los Campos de Urnas, estableciéndose primeramente en tierras del Valle del Ebro y pasando luego, forzados por la presión de otros pueblos indoeuropeos, al lugar donde se hallaban a fines del silgo VI a. C.

El norte de la actual provincia de Valencia y el sur de Castellón y Teruel estaba ocupado por los  Edetanos.  Su límite meridional era el río Jucar. No puede hablarse de unidad cultural para tan extenso territorio, pues estaba poblada por otras tribus, como  “bellitanos, celcenses, turiatonenses, illumberitanos, etc.” Su capital era Edeta (Liria). “La Edetania, región feliz, de cuya fertilidad y hermosura no se hartan de hablar los clásicos”.

En Alicante, Murcia, Albacete y Valencia estaban establecidos los Contestanos. Se los identifica con los gimnetes, con ciudades como Lucentum (Alicante), Dianum (Denia), Saetabis (Játiva), Hilunum (Hellín), Icosium (Agost), y Ello (Elda).

Y ocupando el litoral de la actual provincia de Castellón, desde la sierra de Almenara, que los separaba de los Edetanos, hasta la comarca de Gandesa, límite con los ilergetes y cosetanos, estaban los Hercavones. En el resto de la península existían otros pueblos como los Oretanos, los Turdetanos, los Iligertes, los Indigetes, los Ausetanos, los Oretanos, etc.

Asentamientos

El mundo ibérico establece un modelo de asentamiento sobre las cumbres de las colinas, en enclaves naturales fácilmente defendibles: el oppidum. También pequeños asentamientos situados en zonas llanas, carentes de fortificación y con una funcionalidad económica, agrícola y ganadera,  aunque los más cercanos a las colonias fenicias y griegas adoptaran el urbanismo greco-oriental.

Con la cultura ibérica cambia la configuración del hábitat de las etapas precedentes y la estructuración de la población. Por primera vez  se puede hablar de verdaderas ciudades que controlan política y económicamente un territorio donde se asientan otros núcleos de población de carácter preferentemente agrícola. La existencia de ciudades es la característica más destacable de su organización política y social.

Las ciudades estaban construidas en lugares estratégicos controlando las vías de paso, lo que les daba una importante ventaja frente a los enemigos. Solían estar circundadas por muros de piedra y adobe, sobre los que se disponían torres de vigilancia y las puertas de la ciudad.

Las excavaciones reflejan el carácter sedentario, organizado y defensivo de los poblados ibéricos. Los asentamientos como la Bastida de les Alcuses de Moixent, la Covalta de Albaida, el Oral de San Fulgencio, el Castellar de Meca de Ayora, el Puig de Benicarlo o la Illeta dels Banyets del Campillo, ubicados en cumbres amesetadas o en llano, presentan un trazado urbanístico cuadrangular con grandes viviendas, rodeadas por un recinto amurallado y con potentes torreones. Mayor complejidad ofrecen los poblados en ladera, como el Tossal de Sant Miquel de Lliria, el Tossal de la Cala de Benidorm o la Serreta de Alcoy, donde la topografía condiciona la disposición de las calles y las manzanas que se escalonan a lo largo de las pendientes.

También se conocen otros tipos de hábitat, como los pequeños poblados de calle central, con asentamientos sin fortificar y torreones aislados que responden a distintas funcionalidades.

Rufo Festo Avieno, en el siglo IV d. C. en su poema “Ora marítima”, menciona, en el territorio del actual territorio valenciano, las ciudades de Herna, Ilerda, Hemeroskopeion, Sicania, Tyris, Hylates, Hystra y Sarna; los ríos Tehodoro, Alebo, Sicano y Tyrio; tres islas en la costa de Alicante cuyos nombres no da, y la isla consagrada a Minerva existente en el Palus Naccararum; el estanque de los Naccarara, el cabo Crabrasia y la Casa Quersoneso.

La casa ibera

Tanto la red viaria como las viviendas se adaptaban al terreno. El modelo de construcción más difundido es el oppidum: fortificación sobre una colina o elevación de fácil defensa.

Las casas poseían un zócalo de piedra entre 0,5 y 1 m. de altura, sobre el que se alzaban las paredes de adobe. Eran de una sola planta y separadas por muros medianeros. Se organizaban en manzanas y ocupaban cada una superficie que variaba entre los 80 y 150 m2.

Las casas aparecen compartimentadas en habitaciones: la zona principal ocupa un lugar preferente y concentra las actividades culinarias y textiles; las despensas, en dónde se almacenan las ánforas y tinajas, se sitúan en espacios apartados y oscuros. Otras dependencias se destinan al reposo, molienda o talleres.

Vida y sociedad

Vivieron organizados en tribus, dedicados al pastoreo y a la agricultura. La base de la organización social era la gentilitas, grupo formado por un conjunto de familias unidas por un lazo de parentesco, religioso y de derecho, y eran grupos cerrados. Las formas de gobierno variaba de unas tribus a otras (senados aristocráticos, caudillos). Las clases sociales fueron dos (plebeyos y nobles) y esclavos.

La sociedad  estaba fuertemente jerarquizada en varias castas muy dispares, todas ellas con una perfecta y bien definida misión para hacer funcionar correctamente una sociedad que dependía de ella misma para mantener su ciudad.

Fuese el que fuese el representante, ya sea un rey o un caudillo tribal, este siempre actuaba como el jefe militar y única autoridad representativa. Existía una clase noble, de grandes propietarios, otra clase era los campesinos y mineros libres que en cierto modo estaban subordinados a los grandes señores; y en el extremo opuesto estaban los esclavos. Dependiendo de la zona de la península, había una mayor o menor diferencia social entre la nobleza y el pueblo. A la hora de captar estas diferencias las necrópolis son los lugares donde éstas se manifiestan con más contundencia.

La casta guerrera y noble era la que contaba con más prestigio y poder. Aparte de las armas, poseer caballos otorgaba también gran prestigio y reflejaba poder, nobleza y formar parte de la clase más pudiente.

También tenían gran importancia la casta sacerdotal  en la que las mujeres, como se observa en los túmulos funerarios, eran el vínculo de la vida y la muerte. Las sacerdotisas gozaban de gran prestigio, ya que eran las que estaban en continuo contacto con el mundo de los dioses, aunque también había hombres que desarrollaban una tarea mística.

Otra de las castas era la de los artesanos, apreciados porque de ellos salían los ropajes con los que se vestían y resguardaban del frío, los que elaboraban calzado, los que modelaban vasijas en las que guardar agua y alimentos, y sobre todo, por ser los que hacían a medida armas y armaduras con las que se distinguían de las otras castas más bajas.

Finalmente estaba el “pueblo llano”, gente de distintos oficios que se dedicaban a los trabajos más duros.

Una de las actividades principales de los iberos eran las guerras. Son corrientes las noticias de matanzas colectivas, sacrificio de prisioneros y suicidio de los vencidos. Era frecuente también el pillaje, fruto de las diferencias sociales. Los esclavos fugitivos y los campesinos desposeídos por los nobles se integraban en bandas que destruían cosechas y robaban ganado. Los escritores antiguos alaban el valor de los iberos, así como de la lealtad a sus caudillos y jefes militares: “los iberos amantes de la libertad, que no aceptaban un jefe, sino a lo sumo es caso de guerra y por corto tiempo”.

El guerrero ibero fue descrito por los griegos, quienes se fascinaron por unos soldados que se lanzaban al combate sin miedo alguno y que resistían peleando sin retirarse aún con la batalla perdida. Eran mercenarios reclutados por los griegos para sus propias guerras.

Ritos, religión lengua y escritura

El ritual funerario generalizado fue la incineración. Una vez incinerados y tras limpiar los restos, las cenizas del difunto eran introducidas en urnas y depositas, junto a su ajuar y las ofrendas, en un hoyo. Las urnas se disponían formando calles o se cubrían con túmulos. Se celebraban diversas ceremonias durante las exequias, como libaciones, juegos funerarios, desfiles, cortejos y banquetes.

Otra de las manifestaciones funerarias eran los enterramientos infantiles hallados en las casas del Castellet de Bernabé en Liria. Los recién nacidos y criaturas de pocos meses no eran incinerados y enterrados en las necrópolis, sino que sus cuerpos eran inhumados bajo el suelo de las casas.

Es difícil explicar como era la religión, no se tienen  documentos que hablen de ella. En el Levante y la región sudoriental han aparecido santuarios, en el resto del mundo ibérico seguramente los lugares de culto estarían situados dentro de los poblados. Los más importantes, localizados en la Contestania y su área de influencia, como el del Cerro de los Santos (Albacete), La Serreta de Alcoy, famosa por sus terracotas, La Alcudia de Elche, la Bastida de les Alcuses de Moixent, etc.

Otros es el empleo de grutas y cavernas a modo de santuario en los que se depositaban pequeñas estatuillas, llamadas exvotos, como ofrenda a alguna deidad.

Parece ser que uno de los cultos más venerados era a las diosas de la fertilidad. También aparecen diversas diosas “Aladas”, representadas en vasos cerámicos, asociadas con el culto al mundo subterráneo. También han aparecido cultos solares y lunares. Otro culto mediterráneo, como el toro, estaba muy arraigado en el Levante. El panteón ibero aceptó divinidades exóticas orientales y posteriormente griegas y romanas.

El ibérico es una lengua preindoeuropea y se inscribe dentro de la unidad lingüística mediterránea, lo que justificaría ciertas semejanzas y un parentesco común con el bereber, el sardo, el etrusco, o el vasco.

La lengua, en sus diferentes variantes, se hablaba en la amplia franja costera que se extendía desde el sur de Languedoc-Rosellón hasta Alicante, y penetraba hacia el interior por el valle del Ebro, el valle del Jucar, el valle del Segura y el alto valle del Guadalquivir hasta el río Guadiana. Las inscripciones en lengua ibera aparecen sobre materiales muy variados: monedas de plata y bronce, laminas de plomo, cerámicas áticas, cerámicas de barniz negro, cerámicas pintadas, dolias, ánforas, mosaicos, etc. Los textos son incomprensibles, puesto que es una lengua sin parientes suficientemente cercanos que sean útiles para la traducción.

El vascoberismo es una hipótesis de trabajo sobre la estructura y parentesco filogenético del idioma ibero, que en su versión extrema pretendía traducir los textos en lengua ibera a través de la lengua vasca. Sin embargo, las diversas propuestas de traducciones basadas en el euskera, no han resultado consistentes gramaticalmente ni permiten traducir las inscripciones.

La escritura constituye uno de los principales testimonios del desarrollo cultural con personalidad propia. Se conocen tres tipos de escrituras paleohispánicas: la escritura del suroeste, la meridional y la ibérica levantina. Además se escribió en letra ibérica con alfabeto jónico, prácticamente sólo en territorio contestano, como lo testimonian algunos plomos encontrados en la serreta de Alcoy, grafitos sobre cerámica procedentes de la isleta de Campillo y plomo de El Cigarralero (Murcia).

Los procesos de intercambio comercial facilitaron la extensión de la escritura levantina por el arco mediterráneo y el valle del Ebro (junto a otras manifestaciones culturales como la cerámica). La romanización hizo que la utilización de la escritura ibérica fuera desapareciendo de forma paralela a una progresiva latinización. En algunos lugares como Sagunto o el valle del Ebro perduró hasta época republicana, desapareciendo prácticamente su uso en torno al siglo I a C.

Economía

La agricultura, junto con la ganadería, era la actividad económica fundamental. Tenían una agricultura basada en el cultivo de la vid, el olivo y el trigo. Los rebaños de ovejas y cabras eran fundamentales para el aprovisionamiento de carne y leche y  también para la obtención de piel y lana. Del cerdo se aprovechaba la carne, mientras que el buey era sobre todo un animal de tiro, y el caballo un animal noble para la monta. La caza de animales silvestres, en especial el ciervo, jabalí o cabra montes, era un complemento de la dieta, así como la pesca o la recolección de frutos silvestres.

La miel era un producto muy utilizado. En los poblados  del Camp del Turia eran muy frecuentes las colmenas de cerámica de forma cilíndrica y estriadas en su interior, como las que proceden del Puntal dels Llops (Olocau) y de la Monravana y el Tossal de Sant Miquel en Liria.

La utilización generalizada de la metalurgia del hierro y del torno de alfarero es un claro exponente de su alto nivel tecnológico, así como el sistema de pesas y medidas y la acuñación de monedas.

Las primeras monedas que se acuñaron en tierras valencianas fueron las de Arse (Sagunto) durante la segunda mitad del siglo III a C, y poco después en Saitabi (Játiva).

La Segunda Guerra Púnica, que enfrentó a romanos y cartagineses, sería la causa de la difusión del uso de la moneda, pues puso en circulación una enorme cantidad de ellas para cubrir los gastos originados por las guerras, el sueldo, y el stipendium de los mercenarios. Arse y Saitabi fueron los centros emisores más importantes con una voluminosa producción durante los siglo II-I a C.

La validez de las monedas no estuvo limitada al territorio de la población que las emitió, siendo igualmente utilizadas y aceptadas en otras ciudades.

Además se acuñaron monedas de bronce, ases y divisores, es decir, moneda utilizada en las pequeñas transacciones. También se acuñaron monedas de bronce en la recién fundada ciudad romana de Valentia.

Los oficios

Los vasos decorados con motivos geométricos constituyen la clase más corriente de la cerámica. Los vasos decorados se agrupan en dos estilos pictóricos bien diferenciados. El estilo narrativo con escenas figuradas dispuestas en friso y acompañadas en muchas ocasiones de textos escritos que se desarrolla en el siglo III a C, y el estilo simbólico, caracterizado por imágenes aisladas de seres mitológicos. En estas producciones de prestigio, realizadas en su mayoría por encargo, destaca el papel del pintor especializado frente al alfarero. Esta división del trabajo entre pintores y ceramistas confirma que se está ante una sociedad jerarquizada donde artistas o talleres trabajan para las clases altas urbanas.

La cerámica de cocina se componía de recipientes destinados esencialmente a uso culinario; encontramos las ollas tanto grandes como medianas, las cazuelas, las tapaderas, los toneles, etc.

La escultura, además de su valor estético, es  prácticamente la única fuente para aproximarnos a su aspecto físico. Las figuras, en un principio, son representadas frontalmente, siendo rígidas, simétricas y carentes de animación pero con una gran expresividad. No olvidemos que su arte y vida se vio influido por las colonias griegas, fenicias y púnicas. Posteriormente sus obras alcanzan una belleza y elaboración exquisitas.

La mayoría de esculturas datan del siglo V a. C. hasta la romanización. Se divide en dos facetas: las estatuas de piedra de gran tamaño y las estatuillas que se ofrecían como exvotos en los santuarios. En el levante destacan las obras como de la Dama de Elche y el Guerrero de Moixent.. Los materiales empleados eran la piedra, el bronce, la terracota y el hierro.

Las piezas de hierro se pueden agrupar según su funcionalidad: las relacionadas con el armamento, entre las que destacan las falcatas, las puntas de lanza, regatones, empuñaduras de escudos, etc.;  las que corresponde a las diferentes actividades agrícolas, artesanales y domesticas, como azadas, legones, picos, hoces, sierras, martillos, agujas, punzones, trébedes, cuchillos, etc., y finalmente las piezas que se podrían clasificar como elementos propios de tareas de construcción y carpintería, como son los clavos, remaches, anillas, etc.

En plomo han aparecido láminas escritas que muestran la complejidad de la sociedad ibérica. Son planchas muy finas, que suelen aparecer enrolladas, escritas por ambas caras.

Los iberos eran unos grandes orfebres y aunque su estilo se vio influido por los griegos o la cultura oriental, desarrollaron su propio estilo. Han aparecido restos arqueológicos, como vajillas de plata, anillos, cadenas o collares, pendientes, brazaletes, vainas de puñales, etc…

El vestido se conoce sobre todo a través de la escultura y la cerámica. La mujer llevaba enaguas y túnicas largas superpuestas y ribeteadas con cenefas, un manto largo de gruesa tela, generalmente de dolo púrpura, y babuchas de cuero. En sus atuendos más solemnes cubría la cabeza con complejos tocados formados por velos, cofias, altas mitras o diademas y se adornaba con collares de colgantes, pendientes, pulseras y anillos.

El hombre vestía con calzón y túnica corta ceñida a la cintura y un manto largo que se llevaba dejando el brazo derecho libre y sujeto al hombro con una fíbula. Podían llevar pendientes, sortijas y brazaletes.

En definitiva, los iberos fueron los diferentes pueblos que evolucionaron desde diferentes culturas precedentes hacia una serie de estructuras proto-estatales, viéndose ayudados en dicha evolución por la influencia de los fenicios, primero, y luego de los griegos y púnicos.





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