Foto de vestido de quince ano

Foto de vestido de quince ano

Empezó a delinquir cuando tenía catorce y a los dieciocho cayó preso. Dentro de un penal de máxima seguridad, comenzó a estudiar Sociología. Cuando recuperó la libertad, tenía el mejor promedio entre los todos los alumnos, dentro y fuera de la cárcel. Hace dos meses lo invitaron a Roma para reunirse con el Papa. ¿La razón? Waldemar Cubilla es un ex pibe chorro que fundó una biblioteca en su villa para que los chicos —dice— además de drogas y pistolas, tengan libros.

 

Es un sábado caluroso y húmedo de enero. En la biblioteca de Waldemar Cubilla, ubicada en La Cárcova, una villa en el noroeste del gran Buenos Aires, diez estudiantes de arquitectura se mueven como si el día no les pesara en los hombros. Están ayudando a reorganizar el espacio. Limpian libros, arreglan estanterías, barren, sacan agua del baño y toman nota: van a crear un documento para dejar constancia de todo lo que hace falta. Y falta mucho: el cielorraso, las ventanas, más estanterías, la calefacción y el revestimiento del piso.

 

Waldemar está subido a una escalera y martilla una plancha de madera con la que improvisa una pared.

 

—En un rato estoy libre, todavía me falta soldar el portón y después puedo charlar –dice desde las alturas—; podés ir a ver a mi mamá, vive ahí en frente.

 

El cuerpo de Waldemar es fuerte, casi deportivo, de altura mediana, coronado por un par de ojos negros y brillantes que se mueven con ritmo enérgico. Su pelo es oscuro y lo lleva cortado al ras. El tono de su tez hace brillar aún más sus dientes blancos. Viste bermudas de jean y una musculosa que deja ver sus bíceps.

 

Hace dos días, en la mesa de un bar de una estación de servicio, a pocas cuadras de su biblioteca, Waldemar hablaba de este lugar y también de este cuerpo. En la cárcel, contó, se había armado una rutina deportiva y educativa. Necesitaba solo una baldosa. Saltaba, saltaba y saltaba. Y después le agregaba un poco de elongación y unos abdominales. No necesitaba mucho espacio. Sí, voluntad.

 

—El ejercicio me hacía aguantar los palos de la policía, tener más fuerza para cualquier conflicto, estar más atento. También me servía para dormir mejor  —dijo.

 

Waldemar estuvo preso por robo. Empezó a delinquir a los catorce años porque “quería lo ajeno”. Robó a mano armada, cayó tres veces y nunca mató a nadie. Estuvo en total nueve años privado de su libertad. La primera vez que lo detuvieron fue a un instituto de menores, pero salió al mes porque no tenía antecedentes. La segunda vez que cayó fue un diciembre. Había robado un coche pero el asunto salió mal y terminó en la cárcel de General Alvear. Como no consiguió el certificado que acreditaba que le faltaba un año para terminar la secundaria, la empezó de nuevo. A los cinco años salió en libertad condicional y, como nuevamente le faltaba un año para terminar, rindió todas las materias para obtener el título de bachiller. En 2005 empezó Abogacía en la John F. Kennedy, una universidad privada en San Isidro, zona de las más lujosas de la provincia de Buenos Aires. Con un robo pagó la matrícula y un año por adelantado, y se compró un auto.

 

­—Me metí ahí, en esa zona, para vivir esa vida. Para nosotros de Victoria a Capital es todo igual, mucho billete concentrado —dijo en el bar de la estación de servicio.

 

En aquella época, los días de Waldemar Cubilla transcurrían en dos escenarios muy diferentes: de día estudiaba en las casas de sus compañeros de la facultad, de noche volvía a dormir a la villa, la misma donde años después abriría su biblioteca.

 

La villa es “La Cárcova”, una de las que forman el cordón que recorre el Camino del Buen Ayre. El asentamiento fue alzado sobre un basural y está impregnado por el olor agrio y rancio de los gases que largan los residuos.

 

—Nosotros la llamamos “La Carcova”, con artículo y sin tilde, en la villa no tenemos acceso a la información para saber que es el apellido de un artista plástico —explicó Waldemar en el bar—. Yo nací ahí.

 

La madre de Waldemar llegó a Buenos Aires desde Paraguay y su padre, desde Formosa. Se fueron a vivir juntos cuando arrancó la dictadura militar de 1976 y se instalaron en el asentamiento que estaba cerca de la estación de trenes de Colegiales, en la ciudad de Buenos Aires. Ahí estuvieron hasta que el intendente Osvaldo Cacciatore pasó una topadora y echó a doscientas mil personas, entre ellas el matrimonio Cubilla. De ese margen en Colegiales tomaron el tren hasta José León Suárez y se instalaron en otro límite: “La Carcova”. Ahí vivieron nueve años hasta que se separaron, pero antes tuvieron un hijo y una hija. El varón es Waldemar: un muchacho de treinta y dos años.

 

—La vida de mis papás no fue fácil; la mía, tampoco. Acá nadie tiene las cosas fáciles.

 

En la mesa del bar, Waldemar recorría su memoria. El pasado incluía las palabras “desarmaderos”, “cajero”, “secuestro exprés”, “cárcel”, “pena”, “policía”, “patrullero”, “legajo”, “libertad condicional”, “expediente” y “visita”. La charla también incluía ideas tomadas de los siguientes libros: Vigilar y castigar de Foucault, La distinción de Bourdieu, Internados de Erving Goffman y Las armas. Este último es una complicación de textos de sus ex compañeros en el Centro Universitario San Martín, más conocido como el CUSAM, que está en la Unidad Penal 48 del Centro Carcelario del Conurbano Norte: el penal donde estuvo preso por tercera vez por “pasear” a un hombre por cajeros automáticos. En ese lugar le enseñó a leer a otros internos, empezó la carrera de Sociología —ahora está escribiendo su tesis— y está su biblioteca de referencia. Porque cuando Waldemar piensa en cómo armar la propia, piensa en aquella, donde pasaba horas cuando estaba “adentro”.

 

—Esa biblioteca era una puerta abierta dentro de la cárcel. Ese lugar te forma, te permite otro diálogo con el magistrado, da libertad hasta a los que tienen perpetua —cuenta Waldemar en el bar.

 

El penal donde se aloja ese centro está frente a su villa. Cuando se inauguró, lo presentaron como una cárcel modelo con escuela agraria, talleres de oficios y servicio de catering. Pero cuando Waldemar llegó, la escuela agraria estaba abandonada: las tierras no servían para cultivar. Junto a un grupo de internos pidió autorización para armar una biblioteca en ese espacio. Y el director dijo que sí. Ese “sí” fue la semilla de lo que vino después: un centro universitario donde, antes de poder estudiar Sociología, los internos podían hacer talleres de informática, poesía, teatro, panadería, encuadernación y radio, entre otros.

 

—Ahí pasaba el día entero, era como estar afuera del pabellón —recordaba Waldemar en el bar de la estación de servicio.

 

El nexo entre el penal, la villa y la universidad fue Ernesto Lalo Paret: un exciruja del barrio Independencia, justo al lado de “La Carcova”, que tiene una relación cotidiana con esa cárcel porque, aunque nunca robó, la frecuentaba para visitar hermanos, tíos, sobrinos y amigos. Paret es un hombre de unos cincuenta años, alto, delgado, estilizado y de andar sereno y firme. Es tercera generación de cirujas, protagonizó La toma, un documental que filmó la canadiense Naomi Klein sobre fábricas recuperadas, viajó al Brasil y a los Estados Unidos para hablar sobre el mundo cartonero y desarrolla proyectos para las villas. Dentro del penal funcionó como gestor cultural: consiguió desde que el Centro Comunitario 8 de Mayo donara los primeros libros, que habían recuperado los cirujas de la basura, para la biblioteca del penal hasta que la secretaría de extensión universitaria de la Universidad de San Martín se ocupara de ofrecer talleres para los internos.

 

—Lalo ayuda a prender mechas, ahora trabajamos juntos para que los pibes vayan a estudiar —dice Waldemar en su biblioteca mientras hace un descanso antes de volver a martillar.

 

Paret ya no vive más cerca de “La Carcova”: comparte una casa en el barrio del Abasto con su pareja, la socióloga Anaïs Roig. Unos días después de la primera entrevista con Waldemar, nos juntamos con Roig y Paret para hablar de quien ellos consideran un “generador de posibilidades”. Roig, además, trabaja con Waldemar en un grupo de investigación de la UNSAM. Sentados en la mesa del comedor, conversamos sobre la vida de Waldemar adentro y afuera del penal.

 

—El Negro se anotaba en todas; si había un curso de poesía, iba, de tratamiento de agua, iba. Le dabas harina y al día siguiente tenías el pan, al otro día fideos y al siguiente panqueques —sostuvo Paret mientras se servía una taza de café.

 

—Waldemar tiene una avidez y curiosidad constantes, une teoría y práctica todo el tiempo y no piensa solo en formarse como sociólogo sino en cómo puede aplicar lo que aprende —dijo Roig y se levantó para buscar una revista.

 

Volvió con un mensuario que habían publicado hacía unos años los estudiantes de sociología de “adentro y afuera”. Al abrirlo apareció una nota firmada por Waldemar Cubilla y cayó una foto donde se veían tres hombres parados en la avenida Corrientes. Uno de ellos, el más bajo, vestido con pantalones de traje negros y chomba blanca, era Waldemar: estaba erguido con una sonrisa triunfal, lentes de sol a modo de vincha y ojos encendidos. Esa había sido una tarde memorable en 2010: habían presentado, a sala llena, la primera experiencia teatral de alumnos del CUSAM en el Teatro Tornavías, dirigidos por Cristina Banegas. Horas más tarde de esa foto, Waldemar volvería al penal en un camión celular, esposado, y relataría la experiencia a sus compañeros en el centro universitario.

 

Para llegar hasta ese centro universitario hay que pasar por trece puertas. Trece controles. El camino es largo, oloroso como lo es toda la zona, y humillante por la espera caprichosa que imponen los guardias. Los internos saben que el recorrido rinde: pueden pasar el resto del día ahí en vez de estar encerrados dentro de una celda. Estudiar es un camino que reduce las penas y mitiga las otras penas, las emocionales.

 

La biblioteca —que es la referencia del Waldemar— ocupa una sala destacada con una ventana que abre a un pedazo de cielo, tiene estanterías metálicas y una mesa de lectura. Además, hay dos aulas, un centro de estudiantes, un estudio de radio, una cocina industrial y la oficina administrativa. Gabriela Salvini, la actual directora, ocupa esa oficina varias horas por semana. Salvini es una mujer alta, de pelo negro largo y lacio. El día que la vi llevaba calzas debajo del vestido: en el penal las mujeres no pueden entrar con las piernas descubiertas. Es Licenciada en Letras y empezó dando talleres en una cárcel de la zona sur hasta que fue convocada para dirigir este centro. Su trabajo se extiende más allá de lo administrativo: contacta a los familiares de los estudiantes, se reúne con magistrados o genera actividades extracurriculares. Así recordó las circunstancias en que conoció a Cubilla:

 

—Vino un grupo de estudiantes a decirme que Waldemar no quería compartir un espacio con otros que querían dictar un taller de Braille. Yo le mandé a decir que él no tomaba decisiones y que yo estaba para gobernar. Al día siguiente vino a presentarse. Él es un líder natural, aunque no le gusta que se lo digamos. Entendió muy rápido que era un espacio de construcción colectiva y que no éramos enemigos como lo creían otros internos.

 

Salvini, igual que Paret, dijo que Waldemar motorizaba todo el tiempo proyectos y que siempre se lo veía con un grupo de compañeros que lo ayudaban en lo que fuera. También recordó que apenas abrieron la carrera de Sociología se anotó. En ella, los internos pueden estudiar el mismo programa que se da en el campus de Migueletes de la Universidad de San Martín para que puedan continuar sus estudios cuando quedan libres. Tal como hizo Waldemar. Cuando salió en libertad fue noticia porque tenía el mejor promedio entre todos los estudiantes de la carrera: 9.25. Esto fue a fines de 2011 y al año siguiente abrió la biblioteca en la villa.

 

—Eso es lo fantástico —expresó Lalo Paret sentado en su comedor– él tomó un pedazo de tierra y nos llevó a todos a patadas en el culo. Eso no lo había pensado nadie antes. Es admirable porque es un pibe chorro que genera otra cosa.

 

Lo que genera Cubilla es un trabajo artesanal de “militar la educación”. Ese es su objetivo principal en su biblioteca popular. No quiere sermonear en contra de las drogas, ni demonizar a nadie: quiere que haya más densidad de libros.

La biblioteca de Waldemar está a la entrada de la villa, al lado de la cancha de fútbol. Las paredes de afuera están pintadas de rojo, hay un mástil con una bandera con el logo de la biblioteca y en un cartel se lee “La Carcova no es basura”. Aunque todavía el espacio no está abierto oficialmente, ofrece talleres de fotografía, teatro, encuadernación y catalogación. Los tiempos y los laberintos de la burocracia, sumados a que Waldemar no adhiere a ninguna organización política, son dos factores que dificultan  conseguir fondos para terminar la obra.

 

La tarde está soleada y Katty, la mamá de Waldemar, está en la vereda tomando mate bajo un sauce llorón. Su pelo es largo y negro y lo lleva atado en un rodete; tiene puesto un vestido fucsia. Dice que ella siempre trabajó para darle a sus hijos todo lo que estaba, y que cuando Waldemar cayó por primera vez no lo podía creer. También dice que cuando cayó por última vez no le habló durante un mes.

 

—Siempre fue muy inteligente pero mucho no le sirvió para pasar lo que pasamos —dice Katty.

 

Pero recompone rápido la imagen de su hijo y agrega con orgullo que es su “hijo del alma”, que tiene una mujer que es “de fierro” y dos hijos hermosos y que cuando fue “lo del Papa” sus compañeras de trabajo le dieron cartas para que le entregase en mano.

 

El viaje a Roma para entrevistarse con el Papa es una de las últimas experiencias de Waldemar. Ocurrió a fines del año pasado, cuando la SEDRONAR (el organismo del Estado que coordina políticas antidrogas y trabaja en la villa) lo invitó a viajar al Vaticano. La relación entre Waldemar y esa institución comenzó a partir de los encuentros que realizan para adictos y familiares, en su biblioteca. Las fotos de esa reunión muestran al Papa Francisco con los ojos húmedos y atentos mirando a Waldemar, quien, además de regalarle una visera con el logo de la biblioteca, le dijo que él era adicto a la delincuencia, que había crecido en el neoliberalismo y que su labor ahora era generar espacios para que muchos tengan la posibilidad de zafar de eso. 

 

—Le trajo un rosario a una de mis compañeras de trabajo —dice Katty y se le llenan los ojos de lágrimas.

 

La tarde avanza y la mateada sigue en lo que será el futuro patio de la biblioteca. Waldemar terminó de martillar y está sentado debajo de otro sauce llorón con Johnny, su sobrino. Eros, el hijo de Waldemar, va y viene. No sospecha siquiera que su nacimiento impulsó a Waldemar —su padre— a dejar de delinquir. Johnny, que tiene quince años y que acaba de retomar los estudios que había dejado cuando lo internaron por adicciones, escucha atento a su tío.

 

—La cárcel es un asco, no quiero estar más preso. Pero sigo haciendo cárcel porque voy una o dos veces al mes. Eso podría ser lo épico: voy en forma de testimonio para mostrarle a los pibes que voy bien, que no estoy robando, que estoy haciendo otra vida. Y siento que me miran así.

 

Así lo mira Johnny, en silencio, sentado en un banquito. Pero en otros momentos lo escucha en alguna esquina de la villa. Porque Waldemar dice que “labura” mucho todas las noches cuando se junta con los chicos de dieciséis o diecisiete para que le den “cabida”. El mensaje que quiere transmitirles es que solo tienen que pensar que por tener una pistola en la cintura pueden llegar a pasar cinco años en la cárcel. Cree que algunos lo escuchan y que se empiezan a acercar a la biblioteca.

 

—Si preguntás dónde conseguir una pistola cualquiera te bate el lugar, pero si preguntás dónde conseguir un libro de literatura para quinto grado nadie tiene ni idea dónde buscarlo. ­

 

Johnny sigue atento la conversación y el hombre que terminó de soldar una viga de hierro para hacer una jaula para que no roben las herramientas, también.

 

Waldemar dice que ahí sigue en el margen, que es marginal, que su sueldo no le alcanza, que no puede planear sus vacaciones, que tiene que esperar tres meses para que lo atiendan en un hospital, que no hay cloacas y que no tiene disyuntor.

 

—Pero la diferencia es que puedo escuchar mis palabras, empiezo a construir sentido y si escucho mis palabras puedo hacer que otro las escuche también.

 

El sol ya se está por poner y todavía hay muchos chicos que juegan a la pelota. Aunque aún falte mucho para terminar la obra, ya hay estantes con algunos libros. Sebastián, un nene de pelo negro y ojos grandes y oscuros, vestido con shorts azules y musculosa naranja, entra corriendo con el sudor de haber jugado toda la tarde al sol y agarra un libro de tapa dura: Mitos Griegos.

 

— ¿De qué es este libro? —pregunta.

 

Waldemar interrumpe la charla, mira cómo uno de los arquitectos le contesta, y cuando retoma expresa:

 

—Lo que yo hago es tratar de prender una mecha y cuidar que no se apague.

 

Una brisa mueve las ramas del sauce llorón y abanican un poco la tarde de verano.

 

 

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